jueves, 30 de mayo de 2013

El danzón en Veracruz

La relación del estado de Veracruz con el danzón ha sido muy larga y fructífera. El danzón nació en Cuba, lo sabemos, pero a estas alturas es solamente allá una presencia que, si bien es constante, apunta a otras épocas con el esplendor de antaño. Es en México donde este género vive y está experimentando un renacimiento que lleva ya varias décadas, con Veracruz a la cabeza.
Por Veracruz penetraron y se establecieron muchos músicos cubanos, entre ellos muchos de renombre para sus respectivas épocas como Babuco o Acerina, que descubrieron en el puerto muchos de los ingredientes de ese mismo caldo de cultivo en donde se había formado el danzón, cuya fecha oficial fue la de 1879 pero que ya tenía años cocinándose en el caldero de interinfluencias musicales que era la Cuba del siglo XIX.
Es cierto que, al parecer, el danzón penetró primero a México por la península de Yucatán, específicamente por Puerto Progreso donde llegaron por barco las primeras partituras, pero la composición étnico-social de la península era muy diferente a la original cubana, lo cual no permitió un enraizamiento verdadero. Llegó y se quedó un tiempo pero nunca con el impacto y relevancia que en Veracruz. El célebre historiador de la música yucateca, Miguel Civeira Taboada lo dijo en su libro Sensibilidad yucateca en la canción romántica: “La sensibilidad del veracruzano, más abierta y alegre, parecida a los cubanos, le hizo identificarse inmediatamente con el danzón. Los yucatecos somos más fríos, reservados e introvertidos”.
También es probable que el género haya penetrado casi simultáneamente por varios puertos de la península y del golfo de México. Años más, años menos, lo cierto es que pese a que en Yucatán tuvo una época de abierto auge, fue en Veracruz donde se estableció de una manera, quizá más lenta y menos espectacular, pero más permanente. Fue en Veracruz Puerto donde se comenzó a dar ese proceso de transculturación mediante el cual el danzón fue volviéndose cada vez más mexicano, fue ahí donde los primeros músicos cubanos fundaron sus orquestas que, de una manera natural, se conformaron desde un principio con cubanos y veracruzanos, hasta llegar el momento en que existieron danzoneras exclusivamente con músicos locales.
Músicos veracruzanos que comenzaron a apropiarse de este género mediante un proceso que, una vez comprendidas las particularidades musicales, comenzó a sonar diferente. Primero fue la interpretación de los danzones cubanos con un sabor particular que se fue configurando como veracruzano y, muy pronto, la creación de un archivo importante de danzones propios producto de la inspiración propia de estas tierras.
En muy poco tiempo el puerto de Veracruz desarrolló una escena danzonera muy activa alrededor en buena parte de los famosos patios del barrio de La Huaca, que servían muy bien como salón de baile y punto de reunión. Muy bien lo ilustra don Francisco Rivera Ávila, el ineludible Paco Píldora en su poema La arremanga:
No entró de contrabando por la Antigua
ni vino en trasatlántico de lujo,
no dejó su sabor en la manigua
ni fue su introductor un negro brujo;
Llegando a puerto se varó en la playa,
se regó en los bohíos de La Huaca
y a sonar empezó tras la muralla
entre la gente de aguardiente y faca.

El Veracruz de aquellas épocas bien puede resumirse en las palabras de Anselmo Mancisidor quien en su imprescindible Jarochilandia escribe acerca de los puntos en común entre los modos de ser veracruzanos y cubanos:
Evoco en mis recuerdos la imagen del Veracruz del bohemio puro, de la sinceridad, de la honradez, del carácter jocoso, cordial, llevadero, amable. Eran todos éstos, atributos del veracruzano. Cuando a alguien brindaba su amistad, lo hacía sinceramente. De por sí el veracruzano de todos los tiempos ha sido bullanguero y amigable, y durante las tres primeras décadas de siglo, en que la independencia de Cuba era todavía reciente -consumada en 1898-, muchos cubanos emigraron a estas cálidas tierras de gran similitud a la bella isla. Por eso, siendo ellos una raza igual a la nuestra en sus manifestaciones de alegría, los resultados no se hicieron esperar; por todas partes la alegría era dueña de corazones y la franca camaradería se advertía hasta en las cosas más simples. (Mancisidor: 183)

Es cierto que la independencia de Cuba tuvo que ver con un aumento en la emigración cubana, pero los cubanos tenían ya mucho tiempo viniendo a estas tierras que, como bien dice Mancisidor, mucho les tendrían que haber recordado a las de su Cuba natal. Muchos de ellos eran comerciantes, otros formaban parte de las compañías de Bufos Habaneros, o jugaban pelota, pero muchos se fueron quedando y entre ellos había músicos. Una de las primeras orquestas en formarse con músicos cuya raigambre se podía encontrar es la isla vecina fue la Orquesta de Severiano Pacheco. Como enunciamos más arriba las orquestas comenzaron a formarse desde el principio con músicos cubanos y veracruzanos por igual, como lo demuestra el pase de revista que Mancisidor hace de la orquesta de don Severiano.

Era Severiano Pacheco un campechano de ascendencia cubana, de magnífica educación y buenos modales, que en cada interpretación ejecutada por su orquesta parecía experimentar con gran deleite los elevados goces de su arte. El conjunto musical estaba formado por su director Severiano Pacheco, el cubano José D. Noves, .ambos clarinetes primeros; el muy parlanchín Aurelio Valdés El Jilguero, cubano también, clarinete segundo; los cornetistas eran los mexicanos Luis Aguirre y Francisco Torres; trombonistas, el veracruzano Luis Ramírez El Chino y Albino Chilango, el primero, magnífico, y el segundo, muy bueno; Eulogio Veytia, veracruzano también, inigualable timbalero que después tocó el contrabajo; los cubanos Mateíto Brindes de Sala, tocaba el contrabajo, y Ñame, la clave y el güiro. (Mancisidor: 30)

A la orquesta de Don Severiano se añadió un muchachito llegado de Cuba de nombre Alberto Gómez, que empezó, siendo apenas adolescente, a tocar los timbales con la orquesta. Con el paso del tiempo se volvió un ejecutante bastante proficiente del cornetín, ganando tal fama, que la orquesta después de un tiempo fue conocida como la Orquesta de Severiano y Albertico, con ese diminutivo tan cubano.
El cornetín de Albertico y la orquesta tenían tan bien ganada fama que eran la única orquesta que el gobernador porfirista de la entidad, don Teodoro A. Dehesa, admitía como intérprete de las mañanitas cada 8 de diciembre en su cumpleaños. Se dice que incluso regaló en una ocasión un cornetín, bañado en oro que mandó hacer a Alemania especialmente para el joven instrumentista. (Mancisidor: 50)
Un poco después apareció en escena la danzonera que estaba destinada a cubrir musicalmente la primera mitad del siglo veinte en la escena porteña: Los Chinos Ramírez. El hermano mayor era Luis que perteneció a la orquesta de Severiano Pacheco y los menores eran Juan, Manuel y Ausencio. El apodo se lo debían a los rasgos orientales heredados de su padre que no era chino sino de ascendencia filipina.
En realidad, los Ramírez no eran chinos (…). Nativos del puerto [de Veracruz, evidentemente], debían sus rasgos orientales a su padre, filipino casado con cubana y emigrado a Veracruz desde Nueva Orléans, donde nació el mayor de ellos Luis Ramírez, fundador de la orquesta. (García Díaz: 115)

Los Chinos Ramírez cubrieron prácticamente toda la primera mitad del siglo XX amenizando numerosos bailes en todos los salones disponibles de la época, entre ellos el emblemático salón Villa del Mar.
Alrededor del cambio de siglo aparece otra orquesta dirigida por un timbalero cubano que respondía al sonoro sobrenombre de Babuco, cuyo nombre al nacer fue el de Tiburcio Hernández y que llegó a México como músico en un circo. La importancia histórica de la orquesta de Babuco, además de su propia valía musical, fue que en sus filas comenzó su carrera, como utilero, un muchacho llegado de Cuba que respondía al nombre de Consejo Valiente Robert, el que con su apodo de Acerina, vendría a crear una página muy importante para el danzón desde la ciudad de México tiempo después (Gerard: 34-35). La orquesta de Babuco alcanzó tal popularidad que fue invitada a inaugurar el famoso Salón México viajando exclusivamente desde Veracruz para la ocasión.
Hay dos primicias, además, que se dicen pertenecen a Babuco y su orquesta: la de haber utilizado por primera vez la denominación de danzonera para una agrupación musical que ejecuta danzón y haber puesto a circular la expresión “Hey familia, danzón dedicado a… y amigos que lo acompañan”, que se volvería a lo largo del siglo XX en sinónimo de danzón en los salones de baile.
El danzón fue poco a poco subiendo en la escala social y pronto ocupó espacios como la Lonja Mercantil o el Recreo Veracruzano, donde se escuchaban las orquestas de Severiano y Albertico, la orquesta de Los Chinos Ramírez, a los hermanos Turincio, Indalecio y Saturnino, a la orquesta Agustín Pazos, entre muchos otros, cada uno añadiendo su tramo en el camino que iba del danzón cubano a otro ya con sabor veracruzano.
A este auge en el puerto de Veracruz siguió otro en la ciudad de México donde en poco tiempo el danzón se apropió de los lugares de baile, decentes y no, de esas tierras que poco tienen de tropical pero que a fuerza de la musicalidad de cubanos y veracruzanos se fue convirtiendo en una ciudad ardiente a más de 2000 metros de altura. El auge fue tal que pronto comenzaron a acercarse músicos veracruzanos para formar parte de él, músicos de todas partes del estado como Sotavento o la región de Córdoba-Orizaba-Ciudad Mendoza-Nogales-Río Blanco, donde la importante presencia fabril había fomentado la creación de un buen número de bandas de aliento. La gran mayoría de ellos fueron músicos de filas en agrupaciones dirigidas por cubanos o capitalinos. Una excepción importante fue la agrupación dirigida por Alejandro Cardona.
Alejandro Cardona nació en Soledad de Doblado el 24 de abril de 1911 en el seno de una familia cuyo padre era director de la Banda del Apostadero Naval de Veracruz, el señor Luis Cardona Rojas. El pequeño Alejandro ya desde los seis años sabía descifrar los misterios de la pauta y muy jovencito tocaba ya con fluidez el cornetín. Entró a la milicia siempre cumpliendo funciones musicales en diferentes bandas. A los 19 años ya era oficial y poco más tarde fue subdirector de la Banda de Artillería de México ostentando el grado de capitán.
Ya fuera de la milicia, con apenas 25 años llegó un día al Salón México y le pidió trabajo al yucateco Juan Concha, el director de la danzonera oficial del famoso salón de baile. Obtuvo el trabajo, y no sólo eso, sino que lo que conservó por doce años hasta 1948. Al finalizar la década de los treinta ya era un trompetista muy respetado y reconocido en el medio de las danzoneras de la ciudad de México en donde se había ganado el sobrenombre del Louis Armstrong mexicano.
A principios de los años cincuenta, motivado nada menos que por Consejo Valiente Robert, Acerina, se decide a formar su propia orquesta, para la cual contrata a Flavio Salamanca, hermano de Memo, como su primer cantante. Con esa orquesta participó de forma estelar en prácticamente todos los salones de baile de la época. Con su orquesta grabó numerosos danzones, muchos de ellos compuestos por él como “El castizo Chamberí”, “El 13-20”, “Televisando”, “El libanés”, “A la playa bailadores”, “Mi lindo Veracruz”, “El Colonia”, “Poza Rica”, “Mi danzón, “Smyrna Club”, “Oaxaca”, “Irene”, “La prensa” y “El Choleño”, este último en referencia a su cuna Soledad de Doblado. Murió el 17 de abril de 1988 a la edad de 73 años.
Para mediados del siglo  el danzón era una presencia ineludible en los salones de baile de Veracruz y de la ciudad de México, además de buena parte de las ciudades grandes de nuestro país. Ya para esos años, además, el danzonete, creado por el matancero Aniceto Díaz en 1929, había penetrado exitosamente en nuestro país en donde habría que dar excelentes intérpretes como Moscovita y sus Guajiros y los Veracruzanísimos Pregoneros del Recuerdo.
Por esos años el poeta veracruzano Jorge Ramón Méndez Juárez, publicó un libro sonoramente titulado Sonetos para la geografía romántica de Veracruz en que incluía el siguiente soneto:
Danzón de cornetín y redoblante;
marinero danzón con bamboleo
de barco, palmar y de mareo.
Baile de viejo lobo navegante.

Vueltas en remolinos, adelante,
adelante y atrás, en balanceo.
Balbucean las promesas su seseo
cortador y andaluz… El machacante

Danzón, machaca ritmos, insinuante
sobre cuatro ladrillos del cuadrante
de un éxtasis con algo que marea.

Y es que en este rincón del paraíso
hasta el mismo soneto, manumiso
le aceitan la cintura y danzonea.

Después de esos años de auge el danzón dejó de ser el género en boga pero a diferencia de otros géneros musicales que han tenido su momento histórico para después caer en el olvido, el danzón permaneció adherido a ciertos sectores de las capas populares principalmente en la ciudad de México y el puerto de Veracruz, negándose a morir, buscando un segundo aire. Este segundo aire llegó en la forma de clubes de danzón que a partir de sus actividades en los salones de baile, comenzaron a reunirse evolucionando hacia unidades complejas, que lo mismo hacían labor pedagógica que gestionaban permisos y recursos de las autoridades culturales. Este proceso de gestión cultural, que dio pie a la etapa de florecimiento, renacimiento en muchas maneras, del danzón se fue dando casi sin pensarlo. Lo que se logró es que, sin un apoyo real de los medios de difusión electrónicos como la radio y la TV, el danzón se ha convertido en las últimas décadas en una presencia cotidiana en buena parte de la vida cultural de nuestro país con Veracruz en un puesto importante, y esto se ha logrado básicamente cambiando las maneras sociales de distribución de los bienes culturales. En la actualidad existen clubes de danzón a todo lo largo y ancho de nuestro estado, apoderándose de nuestra geografía en un proceso social sin precedentes, que como todo proceso social no tiene ni una fecha exacta de nacimiento ni un padre o madre evidente, sino que se fue forjando como un movimiento sin líderes visibles pero con una serie de objetivos comunes, que no por no estar escritos eran menos fuertes y genuinos.
A este panorama que mantuvo presente el danzón durante muchos años vinieron a sumarse algunas acciones individuales o colectivas que lo reforzaron y fortalecieron. Apareció una película de carácter independiente escrita, dirigida y actuada por mujeres externas al movimiento danzonero pero que tuvieron seguramente la sensibilidad suficiente para darse cuenta de que algo mágico estaba cocinándose. La película Danzón vino a descubrir, independientemente de sus calidades cinematográficas, un mundo que había estado oculto para el gran público pero que los aficionados al danzón conocían muy bien. Después vinieron algunas iniciativas oficiales como los Encuentros de Danzón a nivel nacional, además de muchos concursos y muestras en todos lados del país, en donde Veracruz se mostró siempre como una fuerza indiscutible e imperecedera en el mundo del danzón.
Con todo este movimiento, que podemos llamar movimiento danzonero, se logró la revitalización de algunas orquestas danzoneras que estaban un poco relegadas como la Danzonera Actopan de Juan Carreto o la excelente Danzonera la Playa dirigida por Gonzalo Varela, que contrastaron con la buena intención de municipalizar una orquesta danzonera destinada primordialmente a apoyar los bailes de danzón en el zócalo de Veracruz, pero que no dio los resultados esperados.
La Danzonera "La Playa" de Paso de Ovejas, a unos kilómetros del Puerto de Veracruz, fue fundada en 1938 por el trombonista Germán Varela Salazar, excelente músico autodidacta y origen de una dinastía de músicos que mantienen viva la llama del danzón en Veracruz. Don Germán falleció en 1985 y la Danzonera La Playa es actualmente dirigida por uno de sus hijos, el trompetista Gonzalo Varela Palmeros (nacido en 1945), quien se ha dedicado a la ejecución, con una excelente calidad musical, del repertorio danzonero tradicional, además de rescatar muchos danzones del olvido, entre ellos algunos de la inspiración de su padre, al mismo tiempo que ha incursionado en la composición de danzones de nueva factura.
Además el movimiento danzonero ha motivado a que muchas agrupaciones no típicamente danzoneras se decidan a incluir en sus repertorios algunos danzones, y de esta manera encontramos a bandas municipales, orquestas de baile, grupos de fiestas e incluso orquestas sinfónicas que han incluido al danzón en el marco de los géneros que ejecutan normalmente, además de pianistas, guitarristas o, incluso, arpistas.
Mención especial para Veracruz se merece el grupo Tres Generaciones del Danzón Veracruzano que fue fundado en 1989 a partir de la iniciativa de Rosa Abdala, bailadora legendaria del Puerto de Veracruz que impulsó la idea de enseñar el danzón a niños y jóvenes, al mismo tiempo que al tradicional grupo de la tercera edad a la que parecía limitado el danzón. El éxito del grupo fue en ascenso y dio como resultado la creación del Centro Nacional de Investigación y Difusión del Danzón, Asociación Civil (CNIDDACC) en 1998. Tanto el club Tres generaciones como el CNIDDAC no entrarían en esta crónica dedicada al desarrollo musical del danzón en Veracruz, si no es porque han ampliado su campo de acción y dejaron de ser únicamente un club y una asociación de bailadores para convertirse también en promotores de la música del danzón mediante tres acciones específica. Primeramente, retomaron el concurso de composición propuesto por la Casa de Cultura de Ciudad Mendoza lo que ha dado como resultado la creación de un número de danzones nuevos en un ambiente que parecía ya vivir de un repertorio casi fijo. En segundo lugar se crea la Orquesta Danzonera Tres Generaciones apenas empezando el siglo XXI, agrupación que cuenta ya en la actualidad con tres grabaciones que incluyen no solamente danzones del repertorio tradicional sino danzones nuevos, renovando así su repertorio. El tercer lugar lo ocupa la Charanga del Puerto, creada en 2004, que bajo la dirección inicial de Memo Salamanca produjo un disco que hace uso de este tipo de instrumentación (basada en violines y flauta además de la percusión y sección armónica) que si bien es la agrupación danzonera por excelencia en la isla de Cuba, en México no se había utilizado para tal fin.
En resumen, lo que el movimiento danzonero de Veracruz ha logrado, ha sido un trabajo de bailadores, músicos, instructores, promotores y estudiosos que han posicionado al danzón veracruzano, convirtiéndolo en presencia obligatoria de buena parte de las festividades locales y regionales y en una necesidad del turismo cultural que acude muchas veces motivado por la posibilidad de presenciar ese momento en que la música se convierte en movimiento de los cuerpos y la magia resplandece. Terminamos con Paco Píldora:
Bailando en un ladrillo con soltura
llevando en el tacón la contradanza
y apretarle el revuelo a la cintura
cuando el compás en el timbal descansa,

eso era darle en la merita yema
para luego en vaivén acompasado
salir en paso falso y asentado
y entrar al descanso sin problema

luego flauta y violín en ritmo suave
el dueto del pistón y el bombardino
y el 3,2, sonoro de la clave
dando a punta y talón el giro fino

Pasar con el final a contratiempo
en el paso de rumba que arrebata
y salir del enganche siempre a tiempo
cuando el timbal en pracatán remata

así sin repelo asentadito
con sabrosa cadencia en la cintura
el paso más calmado y suavecito
fue tomando el danzón más sabrosura

Bibliografía
Civeira Taboada, Miguel. Sensibilidad yucateca en la canción romántica. Toluca, Estado de México: Gobierno del Estado de México, Dirección del Patrimonio Cultural y Artístico del Estado de México, 1978
Figueroa Hernández, Rafael. Tres generaciones del danzón veracruzano. Veracruz, Veracruz: Centro Nacional de Investigación y Difusión del Danzón, 2008
Flores y Escalante, Jesús. Historia documental y gráfica del danzón en México: Salón México. México, Distrito Federal: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, 1993
Flores y Escalante, Jesús. Imágenes del danzón: Iconografía del danzón en México. México, Distrito Federal: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, 1994
García Díaz, Bernardo. Puerto de Veracruz. Xalapa, Veracruz: Archivo General del Estado de Veracruz, 1992
Gerard, Charley. Music from Cuba: Mongo Santamaría, Chocolate Armenteros, and Cuban Musicians in the United States. Greenwood Publishing Group, 2001
Jara Gámez, Simón, Aurelio Rodríguez “Yeyo” y Antonio Zedillo Castillo. De Cuba con amor… el danzón en México.
Mancisidor Ortiz, Anselmo Jarochilandia. Xalapa, Veracruz: Gobierno del Estado de Veracruz, 2007 (Primera edición 1971, Talleres gráficos de la nación)
Téllez Elías, José. Los Ángeles: El danzón de nuestro tiempo. México, Distrito Federal: Conaculta, Fonca, 2006

Trejo, Ángel. ¡Hey, familia, danzón dedicado a…! México, Distrito Federal: Plaza y Valdés, 1992

viernes, 24 de mayo de 2013

Curso básico de etnografía para soneros jarochos, o lo que es lo mismo, como hacer trabajo de campo en tres patadas


Curso básico de etnografía para soneros jarochos,
o lo que es lo mismo,
como hacer trabajo de campo en tres patadas

La versión en video de esta ponencia la pueden encontrar en el siguiente enlace
http://youtu.be/Xekni6URg5E

Rafael Figueroa Hernández
figueroa@comosuena.com
Queridos amigos, colegas, conocidos y no conocidos, si están escuchando esto es porque seguramente ya no estaré entre ustedes, pero no se emocionen, no es porque ya me morí, sino porque tuve que salir de esta bella ciudad de Xalapa a cubrir otras obligaciones. No quise dejar de participar y formar parte de este esfuerzo que es más que necesario en nuestro país, por lo que realicé el presente video para participar en el Congreso con la esperanza de que podamos regar algo de buena voluntad y apoyar el desarrollo del estudio de nuestras músicas. Es por eso que me atrevo a presentar ante ustedes este
Curso básico de etnografía para soneros jarochos,
o lo que es lo mismo,
como hacer trabajo de campo en tres patadas
La etnografía es un método de investigación que tiene su fundamento en el trabajo de campo. Es utilizado ampliamente en ciencias sociales cuando el investigador tiene acceso físico a una realidad que quiere estudiar y entonces en vez de estar haciendo su trabajo en un escritorio o en una biblioteca, procesos válidos también, decide que deberá hacer una visita, o varias, o muchas, a algún lugar donde se esté llevando a cabo el fenómeno o el proceso que quiere estudiar. A muchos músicos este proceso les viene valiendo lo que se le unta al queso pero para aquellos que estudian seriamente los géneros tradicionales es algo que debiera importarles y específicamente a los soneros jarochos a quienes dedicamos la presente ponencia.
El son jarocho se encuentra en la actualidad en un momento de auge cuantitativo muy importante. Cientos, si no es que miles de ejecutantes lo cultivan a diario, no sólo en Veracruz, sino en muchos otros lados de México y del planeta entero. Esto se ha dado a partir de la labor de muchos músicos, investigadores, etnomusicólogos, promotores y gestores culturales, que han trabajado conjuntamente para “rescatar” primero y luego consolidar el son jarocho que casi se pierde en el suelo veracruzano, un grupo de personas que, más o menos, están de acuerdo en algunas cosas generales y que a falta de un mejor nombre ha sido conocido como “movimiento jaranero”.
Uno de los principios primigenios de este movimiento jaranero fue precisamente establecer que lo que los medios nos habían dado como son jarocho no era cierto, sino que el verdadero son jarocho estaba languideciendo en algún lugar del campo en una región sociocultural llamada Sotavento, localizada principalmente en Veracruz pero que cubría algunas regiones de Oaxaca y de Tabasco. No discutiremos aquí la validez de dicho planteamiento que puede ser discutible, sino que trabajaremos a partir de uno de sus axiomas que ha probado ser muy fructífero: la veneración por el “verdadero” son jarocho que estada depositado en las manos, cerebros y corazones de los “verdaderos” ejecutantes del son jarocho, quienes con sus instrumentos “verdaderos” y desde sus “verdaderas” tierras, tocaban el “verdadero” son. Si sienten que dije muchas veces la palabra “verdadero” o alguna de sus variantes fue nada más para enfatizar el planteamiento original, no vayan ustedes a creer que quiero poner en evidencia a nadie. Prosigamos.
Esta visión del son jarocho trajo como resultado, desde el punto de vista positivo, que se recuperaron afortunadamente muchos de los saberes musicales que estuvieron a punto de perderse y que estaban en calidad de biblioteca virtual en las cabezas de muchísimos ejecutantes de los cuales no hubiéramos nunca sabido nunca nada si no hubiera sido por el trabajo de campo de muchos de los integrantes del movimiento, pero, y yo sé que ya estaban esperando la palabrita, pero desgraciadamente también trajo aparejado algunos problemas derivados de los que he llamado la “dictadura del informante”.
Dictadura del informante quiere decir, según mi leal saber y entender, que muchos de los que hicieron y siguen haciendo trabajo de campo confiaban totalmente en el músico que estaban entrevistando o aquel con el cual habían aprendido a tocar y entonces ungían todo aquello que sabían con olor a santos óleos y lo trataban como a la biblia, todo aquello que tocaba sus belfos en el camino de salida de su corazón hacia nosotros los mortales debía ser, por el solo hecho de venir de quien venía la mera neta. Esto le trajo al movimiento jaranero un buen número de discusiones sin sentido que se hubieran podido evitar si los músicos hubieran conocido un poquito más de que es esa cosa que se llama etnografía.
No vamos a abordar aquí obviamente todos los aspectos de la etnografía sino que solamente nos limitaremos a darles a los interesados la patada inicial, de hecho tres patadas iniciales, si es que recuerdan el título de esta ponencia. Comenzamos.
Primera patada: la curiosidad
Olvídate de aquello de que la curiosidad mató al gato, la curiosidad no sólo no mató al gato sino que lo hizo más sabio, mañoso y probablemente más gordo. Precisamente lo que nos puede llevar a buen puerto en esta tarea es nuestra capacidad de ser curiosos, de andar de preguntones, de metiches, de indagar, de investigar. Olvídense de pensar que ya conocen lo suficiente, que tal o cual sistema o manera de hacer es perfecto y no podemos ahondar más. A lo mejor sí lo que conocemos es la mera verdad, pero a lo mejor no, o como dice doctamente la sabiduría popular lo más probable es que quien sabe.
La curiosidad es lo que nos mantiene vivos y con ganas de encontrar respuestas, aunque normalmente las respuestas sean muy pocas en comparación de las preguntas. Tener en la cabeza un montón de preguntas que necesitan respuestas es la condición sine qua non de la búsqueda de la sabiduría. Pobre de aquel que crea que ya encontró la verdad, bienaventurados los que dudan, bien aventurados lo que buscan, los que indagan, porque de ellos será el reino de los sones.
Segunda patada: La desconfianza
Desconfíen hasta de su propia madre. Y no porque pensemos que su señora madre sea una persona deshonesta o inconsciente, sino porque todos los humanos somos, y por favor no me vayan a echar la culpa de que yo destruí su inocencia, por naturaleza falibles. Nos equivocamos, se nos olvidan las cosas, tenemos rencillas, etc. La persona que voluntaria o involuntariamente les está proporcionando información es, mientras no demuestre lo contrario, un ser humano más y por lo tanto lo más probable es que no sea el feliz depositario de la verdad absoluta. No importa que todos los indicadores nos permitan decir que este señor si es el mero mero porque vive en un lugar tan pero tan inhospitalario, que seguramente lo que aprendió lo debe haber aprendido directamente del primer indígena músico que tuvo un yerno blanco y un compadre negro. No importa que don Fulanito sea un pan y que me haga recordar a la madre que mi padre no tuvo y por eso estoy buscando una figura paterna para remplazarlo. Todos somos falibles, incluido, me cuesta decirlo, yo. Debemos estar abiertos a la posibilidad que a nuestro informante se le hayan olvidado las enseñanzas de su abuelo, que las haya aprendido mal, o que de plano sea malo tocando la jarana, porque créanme, puede pasar.
También claro está puede pasar lo contrario y que este señor realmente sea un verdadero maestro, se las sepa de todas todas y nos permita conocer las entrañas más intensas del son jarocho jamás experimentadas por ser humano. La cosa es que de primera entrada no lo sabemos, así que debemos utilizar la desconfianza y aplicar todos esos métodos que nos enseñan, o deberían enseñarnos en el taller de lectura y redacción de la prepa, y debemos observar, registrar, comparar, sopesar, poner a prueba, hacer preguntas, volver a comparar, regresar a la fuente, sistematizar, clasificar, articular, desarticular y muchas otras cosas, mediante las cuales nos iremos acercando a la verdad.
Patada 3: Compartir
Compartan lo que investigaron, compartan lo que aprendieron, porque sólo de esa manera avanzamos, es importante que sepamos como es que Don Fulanito que vive en Encasadelachingadotitlán ejecuta el Siquisirí, que los demás nos enteremos porque a lo mejor al cruzar esa información con la de Don Zutanito que vive en Aquíalavueltepec, encontramos puntos en común, que nos permitan tener una visión de conjunto. Así el que tenga que empezar este ciclo, podrá no empezar de cero podrá tener puntos de referencia que hagan su trabajo, no más pero sí más rico, para él, pero sobre todo para todos nosotros que tenemos la dicha de estar presenciando este movimiento que con sus dimes y diretes, con sus avances y retrocesos, nos ha enriquecido la vida y nos ha hecho a punta de zapateo, mejores seres humanos.
(Aquí es donde aplauden)
Si les interesa aprender más de la etnografía, busquen al antropólogo que más confianza le tengan y pregúntenle, seguramente tendrá algunos textos que pueda compartir con ustedes. Yo encontré uno particularmente interesante que hace que valga la pena desempolvar el inglés que aprendieron en la secundaria. El trabajo se llama Ethnography in the Performing Arts: A Sstudent Guide y se encuentra en el siguiente enlace http://www.heacademy.ac.uk/assets/documents/subjects/palatine/Ethnography-in-the-Performing-Arts-A-Student-Guide.pdf
Para finalizar les aviso que el texto de esta ponencia pueden consultarlo en mi blog  titulado http://rumberoyjarocho.blogspot.mx, donde también pueden hacer comentarios o mencionar el afecto especial que le tienen a mi señora madre.
Muchas gracias

lunes, 22 de abril de 2013


El son jarocho y su “base material”

Rafael Figueroa Hernández / figueroa@comosuena.com

En las ciencias sociales, hemos caminado un largo tramo desde que, siguiendo los lineamientos del marxismo clásico, veíamos a las producciones artísticas simplemente como una superestructura dependiente de la base material de la sociedad, de los medios de producción. Ya no creemos más que las manifestaciones culturales y artísticas (la superestructura) estén determinadas completamente y en última instancia por su base económica, sabemos ahora que los mecanismos de reproducción de las manifestaciones artísticas son mucho más complejos que ese modelo que ahora nos parece tan simplista.

Sin embargo, en el afán de ocuparnos de todos esos múltiples y maravillosos procesos simbólicos al abordar las producciones artísticas, en muchos casos dejamos de lado los procesos materiales que permiten su producción y su reproducción, quizá por considerarlos parte de un enfoque superado. Creemos firmemente que esto no debe ser así. Si bien ya la “base material” no es la explicación última de todos los hechos sociales y mucho menos de los culturales, también creemos que tienen un papel importante en el juego y rejuego de las manifestaciones artísticas en una sociedad y que pueden ser la fuente de un buen número explicaciones de sus desarrollos. Cuales son los mecanismos mediante los cuales se lleva a cabo la producción, distribución y consumo del son jarocho, son procesos de particular importancia que explican muchos de sus procesos.

El camino múltiple que ha recorrido el son jarocho, en un viaje con muy pocos parangones a su altura entre los estilos musicales del siglo veinte, desde una música rural del sotavento veracruzano hasta el fenómeno multinacional de redes materiales y virtuales que constituyen su panorama contemporáneo, se comienza a explicar si intentamos comprender las diversas relaciones del son jarocho con sus medios de producción, que tienen que ver con las diversas facetas a las que ha tenido que enfrentarse a lo largo de este recorrido de varios siglos.

Los elementos a considerar en esta primera aproximación son unos cuantos que permitirán comenzar a explorar este iceberg tropical. El primero trata de la básica supervivencia de los actores del proceso, cómo es que los músicos[1], como portadores del conocimiento musical, sobreviven en primera instancia como sujetos, es decir, como es que resuelven sus necesidades básicas que les permiten continuar existiendo, como le hace para poner la comida en la mesa y un techo sobre sus cabezas.

Los tres siguientes tienen que ver con la tríada tradicional de producción, distribución y consumo, que, bien sabemos, puede ser complejizada a muchos niveles pero que por el momento nos funciona tal cual, en este primer intento de dilucidar las “bases materiales” del son jarocho. Cómo es que la música es producida, en que momentos y lugares y bajo que circunstancias, cómo llega a sus oyentes-bailadores-consumidores, cómo es consumida, por qué medios, cuales son los códigos y como se entienden, son algunas de las preguntas que intentarán encontrar una respuesta o cuando menos ser planteadas adecuadamente en las siguientes páginas.

 

La supervivencia

En una primera instancia en el ambiente rural que lo vio nacer los mecanismos de producción del son jarocho tienen una estructura, si no simple, sí más o menos clara. Los músicos involucrados en el son jarocho no dependen de la música para sobrevivir, normalmente tienen otras ocupaciones productivas y la música es practicada en los momentos de ocio y en las festividades colectivas que la arropan. No quiere decir que a veces los creadores no obtengan algún beneficio económico, en dinero o en especie, pero no dependen de tales beneficios para sobrevivir.

Las cosas cambian en los ambientes urbanos en donde la concentración de la población permite un mayor número de eventos sociales que requieren de la participación de los músicos. Se siguen dando, sin duda, los casos de músicos de medio tiempo que no dependen de sus actividades musicales para sobrevivir pero poco a poco y conforme van creciendo las ciudades el sonero jarocho “profesional” comienza a aparecer, con, claro está, una serie de posibles variaciones y gradaciones.

Históricamente esta posibilidad se comenzó a dar en las ciudades pequeñas y medianas del Sotavento, pero realmente llegó a un momento paradigmático cuando los primeros músicos jarochos comenzaron a emigrar a la ciudad de México, donde diferentes circunstancias coadyuvaron en este proceso de profesionalización. El tamaño de la que ahora nos parece pequeña ciudad de México de los años 30 y 40, con una escena de música en vivo, nocturna y no, bastante saludable, permitió la presencia de una serie de músicos que, fuera del ambiente tradicional del fandango, tuvieron que realizar una serie de cambios para integrar su música a las nuevas circunstancias, cambios que le permitieron tener los suficientes ingresos para sobrevivir. Ingresos que venían de diferentes instancias. Algunos, los más famosos como Andrés Huesca, participaban en las producciones cinematográficas, que además de permitir un ingreso en sí mismo, lograban el conocimiento público y tenían como resultado un buen número de presentaciones en cabarets o centros nocturnos, amén de abundantes presentaciones privadas en las que la pujante clase política proveniente de Veracruz era unos de los principales consumidores.

Los músicos no tan afortunados de todos modos se vieron beneficiados por el ambiente general y cuando menos tenían trabajo en los restaurantes de mariscos que normalmente tenían ligas comerciales con Veracruz, cuando no se daba el caso que el dueño era, él mismo, proveniente del puerto jarocho. Una generación importante de músicos de son jarocho, muchos de ellos ya no veracruzanos por cierto, vieron en el trabajo en las marisquerías una fuente de sustento que ponía la comida sobre la mesa, aunque a costa de una serie de concesiones que años después le reprocharía el movimiento jaranero. Similar papel al jugado por el cine lo cumplieron la radio y un poco después la industria discográfica que aunque representaban un ingreso económico en sí mismo, su papel más importante era su papel de escaparate para conseguir trabajo en las presentaciones públicas.
La situación cambió en cuanto a la cantidad de trabajo y de dinero cuando los políticos jarochos comenzaron a ser desplazados por nuevas corrientes dentro del partido en el poder[2], lo cual obligó a los músicos jarochos a refugiarse en casi exclusivamente en los restaurantes de mariscos, con pocas oportunidades en la vida nocturna y con sólo algunos pocos incrustados en los trabajos bien pagados como el Ballet Folklórico de Amalia Hernández y muy pocos otros.

Siguieron algunos años de incertidumbre mientras el son en sus ambientes naturales parecía estar condenado a muerte natural. Durante esos años algunos musicólogos, norteamericanos principalmente, comenzaron a realizar investigaciones de campo en el sotavento veracruzano, investigaciones que incluían grabaciones de las manifestaciones musicales que se negaban a desaparecer, esto y la conciencia continental de “rescate de los valores telúricos” que conllevaba el movimiento folklorista, hicieron que un grupo músicos jóvenes comenzaran a voltear sus ojos al campo como fuente de inspiración y nació entonces el movimiento jaranero, como un movimiento reinvindicador de las prácticas tradicionales del son jarocho. En el marco del movimiento jaranero, la profesionalización se dio casi desde los primeros años, pero solo en un conjunto muy reducido de agrupaciones que funcionaron como unidades de empresa con representantes y agentes, que permitieron a sus integrantes un ingreso suficiente como para vivir de la música, con grupos pioneros del movimiento como Mono Blanco y después algunos otros, pocos.

La pauta sin embargo siguió siendo que los músicos complementan su ingreso musical, cuando lo hay, con otros que en el mejor de los casos incluyen algunos relacionados con el son jarocho, como la enseñanza o la laudería, pero en muchos casos no. En al panorama actual la presencia de una comunidad jarocha en los Estados Unidos representa un ingreso para un número reducido de ejecutantes que visitan periódicamente la Unión Americana, lo que representa ingresos que permiten la subsistencia en general y la posibilidad de continuar con la labor cotidiana una vez de regreso en México, al mismo tiempo que se fortalecen las redes internacionales tan propias de esta etapa del movimiento jaranero.

 

La producción

Un primer elemento a tratar dentro de este rubro son los conocimientos necesarios para que un músico pueda llevar a cabo su labor, es decir, los conocimientos musicales que son la materia prima del evento sonoro que deben ser adquiridos para que este pueda tener lugar. En los ambientes rurales los músicos adquieren sus conocimientos normalmente por medio de relaciones de maestro-aprendiz, proceso en el cual muchas veces el conocimiento es trasmitido por imitación y aprendido por ensayo y error, aunque en otros si existe una incipiente técnica pedagógica que va permitiendo que los conocimientos pasen del maestro al aprendiz. Normalmente no suponen un intercambio monetario, aunque no es raro que el aprendiz termine “haciendo mandados” a cambio de su instrucción.

En los ambientes citadinos las cosas cambian por la dinámica propia de las áreas urbanas en donde la posibilidad de un muchacho de permanecer tiempos prolongados con su maestro se ven reducidas y en donde los tiempos por lo consiguiente deben ser aprovechados de una mejor manera. Debido a esto se comienzan a estructurar mecanismos más cercanos a los de una experiencia formal de clase, normalmente de uno a uno, pero ya con una forma más estructurada de pasar información musical que debe ser procesada por el estudiante.

El movimiento jaranero tuvo muy claro desde el principio la necesidad de crear y desarrollar formas de transmitir la información y los grupos se convirtieron en células pedagógicas encargadas de transmitir los conocimientos necesarios, principalmente a niños y jóvenes. El intercambio monetario fue muy escaso al principio pero el desarrollo del movimiento ha llevado a una presencia cada vez mayor de la figura de “taller”, en donde un grupo de personas paga por los servicios de un instructor, que en muchos casos obtiene ingresos significativos por esta práctica, principalmente cuando tiene la movilidad necesaria para visitar diversos lugares en Veracruz, en México y en los Estados Unidos.

Los músicos con los conocimientos adquiridos de diversas fuentes los utilizan para producir son jarocho con varias modalidades, algunos producen música como la aprendieron de sus maestros, sin mucha preocupación de estar cumpliendo algún papel, otros lo hacen con plena conciencia de estar “rescatando” o cuando menos “apoyando” a una tradición que es importante mantener para diversos usos sociales que no abordaremos por el momento. Algunos la producen como un medio de expresión, algunos la producen como un medio de subsistencia y en muchas ocasiones algunos lo hacen por ambas razones.

Una vez adquiridos los conocimientos necesarios, “la materia prima” de este proceso de producción, el siguiente paso es el como es que va a ser organizada para ponerla a disposición del receptor que en los ambientes rurales de finales del siglo XIX cuando el son jarocho ya tiene conformadas sus prácticas musicales y de las otras, se da alrededor de los fandangos, donde los músicos acuden atraídos por la fiesta y, al conocer el mismo repertorio y compartir los mismo códigos, simplemente se reúnen a ejecutar los diferentes sones necesarios para llevar a cabo el fandango.

El concepto de “grupo” o “conjunto” musical en el sentido de un número limitado y recurrente de personas que tocan juntos cotidianamente e incluso tienen un nombre que los identifica, no existía en el son jarocho tradicional. Los músicos tuvieron que recurrir a él cuando las exigencias de una escena musical urbana reclamó ejecuciones más pulidas, más reconocibles y sobre todo que tuvieran unas características específicas que deberían ser reproducidas entre ejecución y ejecución, lo que requería una integración mayor entre los integrantes del conjunto musical. Nacen así grupos como Los Costeños o el Conjunto Medellín que comienzan a desarrollar al mismo tiempo estilos propios, reconocibles, que les permiten competir dentro del ahora mercado laboral propio de la ciudad de México.

El movimiento jaranero, a pesar de decirse reivindicador del son jarocho tradicional, retoma esta característica del llamado son blanco[3] y desarrolla desde un principio el concepto de grupo alrededor de un nombre y sobre todo de figuras clave. El grupo como concepto se mantiene a pesar de que algunos de los músicos pueden entrar o salir, mientras se mantenga el nombre y algunos músicos (o en algunos casos incluso solamente el “dueño” del nombre) que dan coherencia al grupo. Esto cambia de muchas maneras las formas de producción de la música, ya que si bien los músicos siguen compartiendo el repertorio general, que se mantiene más o menos fiel a ciertos cánones heredados de la tradición, la sola dinámica de tocar con los mismos elementos posibilita algunos procesos de ejecución musical que conllevan a la creación de estilos propios y reconocibles.

Estos estilos, aunados a la conciencia de la creación y la originalidad, contemplan algunos elementos históricamente novedosos. Por un lado encontramos la recreación de los sones tradicionales, con los llamados “arreglos”, en que un grupo de músicos decide colectivamente ejecutar un son de una cierta manera, que intenta no parecerse a como los demás grupos lo ejecutan y, por el otro lado, la posibilidad de creación de nuevos sones producto de la creatividad individual y/o colectiva de los miembros del grupo, coadyuvando aún más a la creación de una personalidad estética propia y definida que los diferencie de los demás grupos, miembros del movimiento.

 

La distribución: espacios y medios

El momento y espacio del evento musical en el ambiente tradicional es el fandango, privado o público, en donde un grupo más bien reducido de personas comparte los mismos códigos musicales, danzarios y líricos y se embarcan en la fiesta para compartir la música, el baile y los versos, pero también la bebida, la comida, el cortejo y todo un conglomerado de eventos sociales interrelacionados propios de las fiestas populares en cualquier punto de nuestro planeta.

A partir de los fenómenos migratorios que llevaron a los músicos de las zonas rurales a las ciudades pequeñas y medianas y posteriormente a la capital de la república, el espacio natural del fandango es sustituido por otros espacios que imponen formas de ejecutar la música. Como ya vimos el son jarocho llega a los espacios nocturnos urbanos y por lo tanto debe cambiar sus formas de presentarse, los sones se vuelven más cortos, el tempo se acelera y se piensa mucho más en una representación para ser vista que en una música que acompaña la fiesta y por lo tanto el baile.

Aparejado con esto, encontramos la presencia del son jarocho en la películas donde sufre también una serie de modificaciones importantes, debido en buen grado a la poca preocupación de los directores por la autenticidad y a una mucha preocupación de atender las necesidades de entretenimiento del público cinéfilo en general, tanto de México, como de Latinoamerica. Al parejo con el cine encontramos a la radio, origen de la enorme presencia mexicana en Latinoamérica y por supuesto la industria discográfica, que mucho tiene que ver con la estereotipación de los estilos creados por Andrés Huesca y Lino Chávez entre otros. Las versiones plasmadas en los discos fueron vistas por un sinnúmero de ejecutantes como “las” versiones definitivas y dado el hecho de que se había roto la comunicación con los cultores originales del Sotavento tradicional, las nuevas generaciones de músicos aprendieron los sones de las versiones grabadas que fueron de esta manera repetidas una y otra vez, creando varias generaciones que se limitaron a copiarlas nota por nota y copla por copla. Algunas decenas de años más tarde llega el movimiento jaranero con una nueva visión.

El movimiento jaranero reivindica el fandango como reivindica toda la tradición jarocha desde una perspectiva urbana y conciente, cuando menos en la primera época, de su papel de “rescate”, pero al mismo tiempo que reivindica y revivifica el fandango lo transforma, creando de hecho nuevas maneras de hacer fandangos, que se inspiran en los fandangos rurales tradicionales pero que tienen que adaptarse al trasvasarlos a otros espacios culturales o geográficos. No es lo mismo un fandango tradicional en alguna de las zonas rurales de la sierra de los Tuxtlas, por ejemplo, que alguno de los fandangos organizados y convocados en los centros culturales de ciudades como Xalapa, el Distrito Federal o Los Ángeles. En el primero los códigos están internalizados por todos los asistentes y en los segundos no. Se tienen que inventar nuevos códigos, de forma consciente o inconsciente para permitir el trasterramiento. Sin embargo, la figura del fandango se vuelve central para el desarrollo del movimiento jaranero y sigue siendo hasta la fecha una de sus principales banderas.

Se realizan fandangos a lo ancho y a lo largo del Sotavento veracruzano y en todas las áreas de influencia del son jarocho en la actualidad desde la ciudad de México hasta las comunidades trasnacionales en Los Ángeles, Austin o Chicago, y no sólo significa que se organizan fandangos públicos como parte de casi todos los Encuentros de Jaraneros o como parte final de conciertos, sino que se realizan también numerosos fandangos privados en casas particulares en donde solamente se persigue la convivencia propia de la fiesta. Esto último representa un grado de introyección del son jarocho que habla de un desarrollo muy interesante, quizá más determinante que los grandes foros o escenarios.

Paralelamente al fandango, el movimiento jaranero retoma algunos de los espacios propios de su predecesor el “son blanco” como el centro nocturno (ahora en forma de culturantros), conquista escenarios y festivales en formato de concierto no sólo en el país sino en el extranjero e inventa algunos otros, principalmente la figura del Encuentro que se comenzó hace alrededor de treinta años en Tlacotalpan y que ha sido reproducido con diversos grados de éxito en numerosos lugares dentro y fuera del estado.

 

El consumo

Como es de esperarse cada uno de los escenarios que hemos visitado en esta apretada revisión de la base material del son jarocho supone formas diferentes de que la música llegue a sus destinatarios y por ende públicos diferentes. Los asistentes a un fandango tradicional, además de que compartían los mismos códigos musicales, danzarios y líricos que los músicos, formaban parte de un entorno sociocultural relativamente homogéneo que conformaba formas de ser y de pensar codependientes. En la medida en que el fandango tradicional se hace cada vez más escaso, nace una nueva manera de “consumir” el son jarocho y la comunidad participante en el fandango se convierte en “público”, es decir en espectador que la mayor parte de las veces paga por presenciar el acto musical (en forma de entrada a un centro nocturno o a un cine, o comprando un disco) y por lo tanto contribuye a la subsistencia del músico y a la posibilidad de que el ciclo producción-distribución-consumo se pueda seguir repitiendo.

El movimiento jaranero poco ha hecho para modificar este hecho aunque ha introducido una variante importante desde el punto de vista del espectador: el consumidor de son jarocho se siente parte de un movimiento social que tiene la preocupación conciente de preservar algo que de alguna manera es importante para mantener la identidad. De cuál identidad estamos hablando, varía según la posición social y cultural del involucrado y no intentaremos dilucidarlo aquí. Tenemos que enfatizar solamente este papel conciente de consumidor que tiene el involucrado en el movimiento jaranero que sabe que comprando los discos, asistiendo a los conciertos, comprando jaranas, tomando talleres de zapateado o versada, no solo está consumiendo algo que le representa un placer estético o de otra índole, sino que al hacerlo está contribuyendo a fortalecer el movimiento y a mantener sus cánones funcionando.

 

La gestión cultural

Dedicaremos un breve apartado final a poner de manifiesto un elemento que cada más va adquiriendo una relevancia mayor aunque siempre ha estado presente en diversos modos y momentos: la gestión cultural. En el ambiente tradicional del fandango si bien la gestión cultural se mantiene a un mínimo, de todos modos las partes involucradas todavía tienen que ponerse de acuerdo para los fandangos y para realizarse, algunos de ellos, necesitan cubrir un cierto número de gastos, incluso en aquellos que solo necesitan una tarima.

En el momento en que el son jarocho comienza a abandonar sus escenarios culturales habituales, tradicionales, y comienza a enfrentarse con otras realidades es que comienza a salir a flote la necesidad de una gestión cultural, no es que esta no exista en los contextos tradicionales sino que esta tan profundamente imbricada en la trama social que es casi invisible.

Sin hilar demasiado fino, podemos hablar de esta primera generación de gestores, cuando hablamos de personajes como Lorenzo Barcelata cuando comienza a incluir son jarocho en sus grabaciones y en sus películas en una época en que “lo jarocho” todavía no formaba parte de la escena nacional. O en otros personajes como Paco Tripa, veracruzano emprendedor que fue figura importantísima en la vida de diversos música veracruzanos como Andrés Alfonso o Memo Salamanca al convertirse en el enlace con la ciudad de México y por lo tanto pieza clave en la decisión de muchos de ellos para emigrar. Estos dos ejemplo y muchos otros fungieron como gestores culturales como ahora lo concebimos, lo mismo organizaban bailes públicos y funciones privadas o giras artísticas que llevaron a los primeros grupos jarochos a diversos lugares de nuestro país e incluso a los Estados Unidos. Estos primeros gestores eran a veces simples entusiastas o dueños de restaurantes o centros nocturnos, eran personajes de los negocios o de la política movidos muchas veces por la sola nostalgia del “pedacito de patria que sabe reir y cantar”, pero que aprendieron a preocuparse por los pesos y los centavos necesarios para establecer el son jarocho fuera de Veracruz.

El movimiento jaranero que en su discurso parece alejarse de las cuestiones económicas porque parecerían empañar el objetivo último y puro de rescatar nuestra identidad primigenia, en la práctica ha sido muy conciente de la necesidad del gestor cultural, claro, con diversos grados de éxito e involcuramiento. Como tal el movimiento jaranero no puede entenderse sin la presencia de la gestión cultural, porque podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los primeros miembros del movimiento fueron, primero que nada, gestores que permitieron gracias a su trabajo colocar esta nueva forma de ejecutar el son jarocho, basada en los cánones tradicionales.

Fue el entendimiento de los mecanismos de la gestión cultural los que llevaron por ejemplo al grupo Mono Blanco a comenzar a trabajar con una representante, que los colocó en los principales circuitos y festivales culturales de la época y que posibilitó la internacionalización del grupo mediante el manejo de la estructura internacional de “managers” y “booking agents”, pero también la gestión cultural estuvo presente en grupos menos internacionales y más apegados a sus regiones como el grupo Tacoteno desde el sur y el Grupo Siquisirí desde Tlacotalpan, que entendieron que para poder trabajar en cumplir los objetivos propios del movimiento jaranero debían plantearse problemas organizacionales, económicos e incluso políticos para poder negociar apoyos, no sólo con los diversos niveles de gobierno, sino con una sociedad civil que pocas veces se ha mostrado deseosa de apoyar el desarrollo del son jarocho.

Enfocar el desarrollo reciente del son jarocho desde el punto de vista de la gestión cultural nos provee con una serie de elementos que nos ayudan a entender mejor los procesos por los que ha pasado esta corriente sociomusical y nos provee con las herramientas de intervención necesarias para llevar a cabo la tarea de hacer permanecer esta tradición que, si bien lleva ya varios siglos sobre la tierra, puede desaparecer como estuvo a punto de hacerlo hace sólo unas décadas.

Referencias

Ávila Landa, Homero Políticas culturales en el marco de la democratización: interfaces socioestatales en el movimiento jaranero de Veracruz, 1979-2006. Xalapa, Veracruz: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2008 (Tesis de doctorado)

Delgado Calderón, Alfredo. Historia, cultura e identidad del Sotavento. México, Distrito Federal: Dirección General de Culturas Populares e Indígenas, 2004

Figueroa Hernández, Rafael. Son jarocho: Guía histórico musical. Xalapa, Veracruz: Comosuena, 2007

García de León Griego, Antonio. Fandango: El ritual del mundo jarocho a través de los siglos. México: Programa de Desarrollo Cultural del Sotavento, 2006

Gottfried Hesketh, Jessica Anne. El fandango jarocho actual en Santiago Tuxtla, Veracruz. Guadalajara, Jalisco: Universidad de Guadalajara, 2005 (Tesis de maestría)

Huidobro, José Alejandro. Los fandangos y los sones, la experiencia del son jarocho. México, Distrito Federal: UAM-Iztapalapa, Departamento de Antropología, 1995 (Tesis de licenciatura)

Kohl, Randall. Ecos de La bamba. Una historia etnomusicológica sobre el son jarocho del centro-sur de Veracruz, 1946-1959. Xalapa, Veracruz: Universidad Veracruzana, 2004 (Tesis de Doctorado)

Pascoe, Juan. La Mona. Xalapa, Veracruz: Universidad Veracruzana, 2003

Pérez Montfort, Ricardo. “Testimonios del son jarocho y del fandango: Apuntes y reflexiones sobre el resurgimiento de una tradición regional hacia finales del siglo XX” en  Antropología (2003) no. 66, p. 15

Saucedo Jonapá, Francisco Javier. El resurgimiento del son jarocho. Estado, cultura popular y globalización. Puebla, Puebla: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2009 (Tesis de maestría)


[1] Muchos de estos procesos incluyen también a los bailadores y a los versadores, compañeros de viaje muchas veces inseparables de los músicos, pero en el presente trabajo nos ocuparemos solamente de la producción musical, dejando para más tarde un análisis más específico de los otros elementos.
[2] Nos referimos al periodo posterior a los dos sexenios presididos por veracruzanos: Miguel Alemán (1946-1952) y Adolfo Ruiz Cortinez (1952-1958).
[3] Nombre con el que se ha conocido a la vertiente del son jarocho que al emigrar a las ciudad de México tuvo que cambiar algunos de los elementos sociales y musicales del son jarocho rural. Se han utilizado otros términos que lo tratan de describir pero tienen connotaciones peyorativas que no apoyamos como “comercial”, “charolero” o “marisquero”.